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Jesús aguado LA OPINION DE MALAGA
Este año se han cerrado en España 912 librerías y han abierto 226. Este dato y muchos más lo hemos sabido gracias al "Observatorio de la Librería 2014" que acaba de presentar la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros o CEGAL. El sector pierde unos dos negocios y varios cientos de miles de euros al día, una salvajada en términos económicos y, sobre todo, culturales y sociales. Muchos (los que cierran) se cansan de luchar contra el viento de una mala política nacional (falta de incentivos, ausencia de compras institucionales, iva criminal, pérdida de poder adquisitivo de las familias, una altísima tasa de paro que hace que mucha gente no se pueda permitir adquirir libros, leyes educativas que desaconsejan indirectamente la lectura, etc.) y la marea de una desafección generalizada a los productos impresos en favor de los audiovisuales en todos sus formatos. Unos cuantos (los que abren) se atreven a soñar con encontrar la fórmula mágica (cuentacuentos, conferencias, lecturas poéticas, presentaciones, especializaciones raras, trato más cálido y personalizado con el cliente, ediciones propias) que les haga sobrevivir en medio de tantos obstáculos.
Las librerías son un termómetro de la realidad social, que anda, en los tristes tiempos que corren, bajo mínimos de autoestima intelectual y, relacionado con esto, de valoración en positivo de la crítica informada como instrumento para la felicidad y la libertad personales y colectivas. Estamos enfermos de superficialidad y de tiempo gastado en tonterías, dos de los enemigos de la lectura y de los libros. Estamos enfermos porque asentimos y consentimos sin conocer, sin acceder a esos conocimientos que, más que en internet, se despliegan entre las páginas de los libros. Estamos enfermos, y al borde del delirio, de inexactitudes, de irrelevancia, de desconciertos, de desánimos, de pobrezas imaginativas, de léxicos banales, de sintaxis caóticas, de emociones de cartón-piedra, de abulias, de errores garrafales, de faltas de perspectiva, de cerrazones, de conceptos al borde del colapso hermenéutico, de obsolescencias, de clausuras: enfermos de todo eso que ayudan a ir corrigiendo los buenos libros que nos esperan en las buenas librerías. Estamos enfermos, en efecto, y tenemos fiebre, mucha fiebre, y espasmos de cuerpo y de alma, pero ya no nos damos cuenta porque todo está organizado, como en esas dictaduras que se definen como democráticas para legitimar sus crímenes, para que un diagnóstico falsificado (donde debería decir «enfermedad» dice «salud») erradique de nosotros la conciencia de enfermedad y, en consecuencia, la necesidad de curación.
Sin librerías (reinventadas, repensadas, rediseñadas, reiniciadas si hace falta) y sin libros no hay pueblo que se sostenga, no hay cultura que valga, no hay proyecto de civilización que ilusione, no hay sentido que no desemboque en un enorme y fatal sinsentido. Sin librerías y sin libros los seres humanos nos acabamos perdiendo lo mejor de nosotros mismos (la sensibilidad, la inteligencia y todos los misterios gozosos asociados a ellas) y lo mejor del mundo, que no tiene, o no debería tener, que ver con las sucesivas destrucciones a las que nos tiene acostumbrado sino con la necesidad de hacerlo más habitable, más justo, más equilibrado o más inclinado a la bondad. Por eso hay que hacer lo que sea para detener esta hemorragia de librerías, de libros y de lectores. Esa hemorragia nos deja exánimes, nos abandona tendidos en una cuneta y nos aleja cada vez más del futuro, de ese futuro nuestro sin el cual ni nuestro pasado ni nuestro presente tampoco respiran. Hay que hacer, sí, lo que sea.

PEPE.

 

 

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